Movimiento Neo Surrealista.

lunes, 16 de junio de 2008

Naves cruzando el desierto

 

Aquella noche adornamos  la Roca del Galápago para recibir  al Enviado. En la madrugada, llegaron  los buitres; no los esperábamos  y con los Bodhisattvas,    nos miramos en silencio: aquello podía ser un mal augurio, pero nadie dijo una palabra.  Los pájaros enormes se posaron en la roca y permanecieron  inmóviles,   aguardando.

 

Esa  tarde llegaron  las naves; hombres ,  pájaros  y elefantes; tarántulas y alacranes  del  desierto,   levantaron sus cabezas  para contemplar  los vientres abultados y cementosos que surcaban el cielo. Algunos discutieron alegando que podían ser aves enormes, pero la forma de sus cubiertas,   la quilla rudimentaria y la ausencia de alas, los señalaba como  navíos.

 

A la reunión se sumaron  personas, animales, insectos, plantas y muchos de ellos comentaron  que eran una señal de    los seres del tiempo sin comienzo: llegaban a rendir   homenaje al Enviado

 

Lo cierto era que las naves no dejaban de pasar  y por momentos cubrían el cielo   proyectando largas sombras sobre la tierra. Del Enviado sabíamos muy poco, y aunque se creía  que las naves formaban parte de su arribo, llegaban de occidente,  y no de oriente como se lo esperaba.

 

Las  sombras aumentaron  a medida que pasaban  las horas. El desierto que rodeaba a la roca, recorrido diariamente  por topos y liebres, estaba solitario: los animales se habían replegado a lo profundo de la tierra, espantados por aquellos objetos que no dejaban de cruzar el cielo.

 

También a nosotros el miedo nos retorcía  las entrañas, aunque las naves no parecían agresivas; se  limitaban a pasar  indiferentes  por encima de nuestras cabezas  y a perderse en el horizonte.  

 

El Bodhisattva Koldo  mantuvo su  optimismo hasta el final.   “Son los recuerdos de un mar que llega hasta nosotros - repetía;   cuando pasaron las horas guardó silencio y sólo se limitó a mirar el cielo, donde las naves seguían imparables, sin detenerse.

 

Llegó la mitad de la tarde, hora en que debía presentarse el Enviado; todos mirábamos el cielo, la tierra, el horizonte, atentos a cualquier señal que indicara su presencia. Nada ocurrió.

 

Cerca del crepúsculo, el Bodhisattva Anuko  se dirigió a todos  los reunidos; hasta los elefantes abrieron sus orejas para escucharlo y los peces sacaron sus cabezas del agua

 

No hay motivo para temer a  estas naves. El enviado puede llegar en una de ellas. Él está más allá de todos los demonios que puedan acecharlo y hoy  lo tendremos  sin falta entre nosotros.

 

Aquella noche las naves cubrieron la luna. En el amanecer neblinoso,  los elefantes se marcharon de regreso   a su oasis;  nadie intentó retenerlos A la tarde,  bajo la espesa sombra de las naves negras, se retiraron los peces, nadando por las tenues quebradas que atravesaban  el desierto. En el segundo atardecer que pasábamos en la roca, se marcharon las delegaciones de Budas y de Bodhisattvas que habían llegado de   épocas y países remotos.

 

Decidimos esperar. Los ejercicios ascéticos que habíamos practicado en anteriores existencias, nos sirvieron. Ayunamos durante días;  sólo nos alimentábamos de unas setas que crecían en la región y bebíamos el agua fresca de los arroyos.

 

En  el desierto se purificaba el cuerpo, pero no la mente: la sombra de las naves cruzando sin cesar día y noche, tapando las luces del cielo, se habían convertido en algo amenazante. El día número cincuenta, el Bodhisattva Hannoh   se enfermó gravemente; le dimos agua, comida y lo ubicamos a la sombra de una gran roca, pero a pesar de nuestros cuidados, murió en pocas horas.

 

En poco tiempo también enfermó  el Bodhisattva Koldo, y   murió rápidamente sin que pudiera hacer nada.

 

Ahora estoy  solo sentado en la roca. Las naves no han dejado de pasar. He decidido soportar hambre y sed, sumergirme en las visiones que la inanición despierta en mis entrañas. Pasan los días. Al principio los cuento, pero luego son exhalaciones de luz y de sombra que se suceden unas a otras.

 

El cielo se  une a la tierra; la sombra de las naves sobre la arena se une a las nubes de la tarde. No hay diferencia entre ese cielo, la tierra, las naves que vuelan y mi vida que trata de mantenerse aquí abajo. Mi vientre es el reservorio de todo lo que existe.

 

Al comprender esto,   la luz del Enviado surge  de las sombras que  las naves arrojan sobre la arena.


Tags: DIFUSION LITERARIA

COMENTARIOS